dissabte, 27 d’octubre de 2012

Estado de bienestar 2.0


A mediados del XXI, en un lúgubre apartamento de apenas treinta metros cuadrados, una carta fue hallada junto al cadáver de Manuel. Su cuerpo presentaba signos de abundantes patologías crónicas y lastres físicos, fruto de la conjunción de una asistencia sanitaria parca y limitada con una vida laboral dilatada hasta más allá de los setenta años, con largas jornadas de trabajo en un sinfín de ocupaciones y poco, muy poco tiempo para el ocio. Los ojos del difunto y un extraño gesto facial sugerían una mezcla de alivio y tristeza. Sus últimas palabras, según explican sus compañeros de piso, fueron un frustrado y amargo "no era eso, joder...". La carta, ya amarillenta, fechada varias décadas antes del momento de la defunción, tal vez explica algo de esa última expresión de su rostro, de sus últimas palabras. El texto, todavía perfectamente legible, rezaba así:

"Hoy me ha iluminado la luz neoliberal del señor Adam Smith y, por fin, he logrado comprender esa redefinición del concepto de bienestar que, últimamente, está tan en boga en las modernas recetas económicas que, tozudamente, nos están aplicando nuestros gobernantes. Me he dado cuenta de la verdad: hemos de ser solidarios, que la cosa está muy mal. Es momento de ser prudentes y, sin quejarnos, poner la otra mejilla y pagar el peaje que toca por estos años de locura, dilapidación de recursos y desvarío en los que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Hay que seguir transfiriendo más capital del trabajo a la banca para poder reestructurar nuestro maltrecho sistema financiero. Debemos eliminar esa cosa tan antigua y trasnochada llamada regulación laboral: abaratar y facilitar más el despido e individualizar más todavía la negociación colectiva, para dar oxígeno a nuestro abnegado empresariado y, de esa manera, posibilitar que los brotes verdes del empleo sean una realidad en el futuro.

Y, como no podíamos seguir por este camino de orgía y derroche, también habrá que limitar y acotar los límites de eso tan perverso llamado Estado de bienestar, una cosa anacrónica que limita la sabia mano invisible del mercado, e impide que pueda desarrollar toda su creatividad y proyectarla sin cortapisas a toda la sociedad. Seguro que viviremos mejor y seremos más ingeniosos sin papá estado que nos proteja y, a poco que nos lo propongamos, encontraremos la manera de vivir y pervivir mejor, prescindiendo de cosas tan superfluas como la sanidad universal o la educación pública, por no hablar de los subsidios y prestaciones por desempleo que, ya se sabe, atrofian el ingenio y fomentan el parasitismo y la holgazanería social.

Como ya plantean varias voces autorizadas e intrépidas de la derecha (más allá del blandengue de Rajoy), hay que reformular el modelo de Estado y eliminar de un plumazo las Autonomías, los Consejos comarcales, las Diputaciones que hagan falta… y que las competencias -y la gestión- de las cosas importantes (como sanidad, educación y justicia) sean asumidas por un estado fuerte y centralizado (o directamente por los mercados), superando así, esas monsergas como la plurinacionalidad del Estado o la disparatada idea de acercar el gobierno a los ciudadanos (cosas de rojos)  y, si eso entra en conflicto con el mandato constitucional, pues, en nombre del control del déficit, se reforma la constitución y punto, que no sería la primera vez.

Siempre habrá desagradecidos, miopes y heréticos que renieguen de la fe verdadera del neoliberalismo y no comprendan cosas tan razonables como que en estos oscuros tiempos, los bancos privados, a quienes suelen financiar los bancos centrales a un 1% puedan beneficiarse de un tipo al 0,01% y, en las mismas circunstancias, algunos Estados, por el contrario, deban pagar tipos 600 u 800 veces más elevados y, en esa línea, planteen ideas tan disparatadas como que el BCE ejerza como tal, protegiendo la estabilidad de los precios, e intervenga para hacer bajar el coste de la deuda pública o se planteen recetas tan exóticas como reformas fiscales y financieras a escala europea, cambios profundos en el modelo productivo o inversión pública, con el fin  de liberar Europa de los lobbies financieros y ponerla al servicio de las ciudadanas y los ciudadanos.

Caminemos pues, con firmeza y convicción, por el camino verdadero del neoconismo, alejémonos de izquierdistas trasnochados, perroflautas, sindicalistas y demás agoreros de poca fe. Ante la disidencia, no es necesario que analicemos las causas que la provocan, bastará con que endurezcamos el Código penal y recortemos la libertad de reunión y expresión hasta donde sea necesario: descuarticemos el movimiento sindical, penalicemos las convocatorias por Internet, la resistencia pasiva… y eliminemos todos los obstáculos que nos aparten del sagrado objetivo del control del déficit y de la confianza de los mercados financieros, hasta que -como dijo Berthold Brecht- ya no quede nadie que pueda hablar. Seguro que, tras la travesía en el desierto y la penitencia, volverán a florecer los derechos perdidos (sea por generación espontanea o graciosidad de los mercados), y el nuevo Estado de bienestar 2.0 renacerá de las cenizas de su anterior versión cual ave Fénix, mucho más moderno y completamente innovado, y los ciudadanos, ahora sí,  por fin seremos felices y comeremos perdices."

No sabemos si la carta fue escrita por el difunto o no, pero una cosa está clara: al final, aunque ni comió perdices, ni fue feliz,  Manuel encontró su propio estado de bienestar.

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